El autor norteamericano Kobi Yamada, con gran número de seguidores en el mercado anglosajón, parte de una premisa cercana a las consignas habituales en los libros de autoayuda ("dar gracias para ser más feliz"); para construir el relato simbólico protagonizado por un oso, pletórico de buenos sentimientos, como ya pasó con anterioridad en otro proyecto de corte similar, en aquella ocasión con un simpático pato al frente, y del que también hablamos en Canal Lector ("La magia de vivir", Maeva, 2024). Los extraordinarios y brumosos retratos de Charles Santoso definen con pulcritud, sin añadidos innecesarios, la vida cotidiana del personaje y sus sentimientos más profundos e interacciones con otros animales (mariposas, topos, pájaros, ¿el propio actor principal de aquella otra aventura? ...); también con la naturaleza. Esas dinámicas y reflexiones sirven como pretexto para sublimar el mensaje que, de distintas formas, repite como un mantra a lo largo del álbum: la gratitud es una habilidad crucial para la vida, un regalo que debemos exprimir a cada segundo. El osezno nos inspira con su ejemplo, tal y como vemos, el hecho de apreciar lo afortunados que somos permite cambiar de talante, sentirse bien, mejorar las relaciones... Una invitación a detenernos, al ritmo perezoso y tierno de los movimientos del plantígrado, a reflexionar en la mejor compañía y a vivir, en definitiva, con toda la intensidad posible.
El autor norteamericano Kobi Yamada, con gran número de seguidores en el mercado anglosajón, parte de una premisa cercana a las consignas habituales en los libros de autoayuda ("dar gracias para ser más feliz"); para construir el relato simbólico protagonizado por un oso, pletórico de buenos sentimientos, como ya pasó con anterioridad en otro proyecto de corte similar, en aquella ocasión con un simpático pato al frente, y del que también hablamos en Canal Lector (Seguir leyendo
La fuerza de la gratitud

La gratitud no es algo que forma parte de ti, sino algo que aprendes y desarrollas. Es una habilidad para la vida. Puedes ejercitar tu capacidad de dar las gracias. Puedes cultivar el ser capaz de parar y respirar, de mirar a tu alrededor, de sorprenderte y fascinarte con el mundo que te rodea.
Cuando vas más despacio, puedes apreciar y sentir el regalo que lleva consigo cada momento, y en la oportunidad que viene con él.