Aborrecida del carboncillo y de los trozos de cuerpo, trozos de orejas, trozos de narices, de manos, de dedos de los pies, abandoné la Academia de Dibujo del pintor Alejandro Cañada. La abandoné porque se me atoraba la respiración de olor a rancio y porque me llamaron para colaborar en un corto de animación. Eso sonaba mejor. Más interesante. Mucho mejor los acrílicos y los acetatos que pasar la tarde dibujando reliquias de santo. Pero me fui a Madrid a estudiar Bellas Artes y volví a dibujar reliquias en los talleres de Dibujo y de Pintura. Así que me metí en el taller de grabado y allí me quedé. Me quedé por los tórculos, con esas enormes ruedas y engranajes, y también por las choferetas y por las pilas de ácidos y por las resinas y los barnices y por el cinc y el cobre. Y empecé a ilustrar. Ilustré grabados para mi carpeta. Y luego vinieron los murales y los títeres. Ahora sigo ilustrando. Pero he tenido más suerte. Ilustro cuentos. Prefiero los de Daniel Nesquens. También los de Vicente Muñoz Puelles y...quién sabe.