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Nací en Argamasilla de Alba un martes y trece de 1976. Quizá por eso me encanta el número trece. “La oficina de objetos perdidos y encontrados” (Brosquil, 2005) tenía trece folios, y “Cactus del desierto” (Siruela, 2007) trece capítulos. Tengo un trabajo de adultos. No me gusta mucho, pero para pasar desapercibido entre los adultos tienes que ser como ellos. Debes caminar deprisa mirando el reloj, como el conejo de “Alicia en el país de las maravillas”, y decir que no tienes tiempo. Porque si te sientas en una acera a mirar un escaparate apoyando las dos manos sobre el vidrio enseguida empiezan a hacerse preguntas. No falla. Creo que nunca he llegado a ser un adulto. Me perdí por el camino. Será por eso que me encanta la literatura infantil. Siempre he leído. Siempre he seguido leyendo infantil y juvenil. Cuando me siento a escribir no tengo prisa ni miro el reloj. No llevo disfraces, y me siento feliz.
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