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¿Puede ser la biblioteca un espacio publicitario?

 
La puesta en venta de los espacios de la biblioteca, físicos o digitales, con fines publicitarios no es un tema nuevo y, aunque se circunscribe a unos pocos casos concretos, cobra una especial relevancia ante la situación económica que atraviesan bibliotecas de todo el mundo. ¿Están las bibliotecas dispuestas a ceder sus espacios a la publicidad?
 
La asociación The Friends of the Sun City Library [Amigos de la Biblioteca Pública de Sun City] (California, EE.UU.) ha lanzado un nuevo programa que permite a las empresas anunciarse en el escaparate de su tienda de libros por una donación anual de 50 dólares. Las empresas que se unan a la Asociación también verán impresos sus logos en el boletín electrónico de la biblioteca, en la página en Facebook y durante las cuatro ventas de libros anuales que la biblioteca organiza, según palabras de Linda Denver, presidenta de dicha organización. Esta biblioteca, que ya obtiene beneficios a través de la venta de libros en su librería, pretende recaudar más fondos y así ofrecer nuevos servicios a la comunidad con la venta de espacios para la publicidad.
 
En Toronto (Canadá) el Comité de Biblioteca debatió en febrero de 2012 sobre la puesta en marcha de un programa de publicidad que se limitó finalmente a los sobres que se colocan en las primeras páginas de los libros para introducir las tarjetas con las fechas de devolución. Esta biblioteca ha publicado una política de publicidad en su sitio web en la que explica las normas que los anunciantes deberán cumplir.
 
Una vez admitida la publicidad, ¿vale todo? Las políticas de anuncios de algunas bibliotecas delimitan los espacios publicitarios, aunque no son en absoluto frecuentes. Un ejemplo de ello es la biblioteca de la Universidad del Estado de Georgia, que restringe los anuncios que no estén relacionados con los servicios bibliotecarios, según informa Claire Kelley en Melville House. En su política de privacidad (pdf) indica que «las promociones que no conectan a los recursos, eventos, servicios o notificaciones de la biblioteca son restringidos a áreas muy concretas».
 
Un tanto original es la solución de la biblioteca pública Port Chester-Rye Brook en Nueva York, que ha atraído la atención de los medios y consiste en utilizar papel higiénico con publicidad en los servicios. Gracias a este sistema la biblioteca ahorra este gasto, que puede emplear en otras partidas, puesto que son las empresas anunciantes quienes pagan por la publicidad a la empresa gestora. El director de la biblioteca, Robin Lettieri, declaró a Library Journalque se ahorrarían unos mil dólares anuales.
 
Pero no todos parecen dispuestos a ceder sus espacios a la publicidad. La Biblioteca Pública del Condado de Gwinnett (Atlanta, EE.UU.) denegó la propuesta sobre el emplazamiento de publicidad de empresas en marcapáginas distribuidos en sus sedes, según se recoge en Nonprofit Quarterly. Una de las cuestiones más delicadas es si los usuarios estarían dispuestos a aceptar la invasión en un espacio como la biblioteca, tradicionalmente ajeno a la publicidad. Pero otros medios opinan más bien que puede tratarse de una cuestión que beneficie más a los políticos, que de esta forma ven reducir los gastos.
 
Se trata de un tema que sin duda suscita una gran controversia y el debate permanece abierto. ¿Deben las bibliotecas admitir esta práctica? ¿Son todos los espacios adecuados? ¿Qué tipo de productos se puede publicitar y cuáles no?

  

 
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