Maite Carranza comparte algunas de las historias que marcaron su trayectoria como lectora y escritora
La sección Indispensable en mi maleta tiene esta semana como invitada a la guionista y escritora barcelonesa, una de las autoras más prestigiosas del panorama nacional.


Los viajes de Kasperle, de Josephine Siebe
(Barcelona: Noguer)
Deliciosa colección de libros protagonizada por un muñeco de guiñol goloso, descarado y bromista. Kasperle era excesivo en todo, en sus lloros, en sus hartazgos, en su alegría, en su pena, en su cansancio. Era como un niño elevado al cubo, inmediato, caprichoso y primario y, naturalmente muy, muy divertido. Poco conocido en España, me enteré años más tarde que era un personaje muy famoso en Centroeuropa. Sus libros estaban en la biblioteca de mi padre y poblaron de risas mi infancia.

Guillermo el rebelde, de Richmal Crompton
(Barcelona: Molino)
Mi héroe preferido, el antihéroe por excelencia. El proscrito, el soñador empedernido, el gran incomprendido. Quiénes leímos a Guillermo el rebelde nunca aprobamos la docilidad pactista de Enyd Blyton. Guillermo, que bebía agua de regaliz en su viejo cobertizo, con sus amigos los proscritos, soñaba en atravesar el lejano oeste, saquear galeones a bordo de un barco pirata, robar bancos o ser santo y predicar a los animales como San Francisco. La realidad, poblada de pastores airados, vecinas gritonas y verbos franceses, no le seducía en absoluto. Era enemigo declarado de su familia, de su escuela, de su comunidad y de los Humberto Lanitas, niños colaboracionistas de la peor ralea. Guillermo Brown me hizo descubrir la palabra transgresión y me hizo intuir lo que significaba el enfrentamiento generacional. Creo que sentó las bases de mi idea sobre la infancia, desde la misma infancia, haciéndome desconfiar de la ley, de los adultos y del buen proceder. Richmal Crompton, curiosamente una institutriz, nos legó interesantes y revolucionarias ideas: los adultos, mantenedores del orden, domestican a los niños rebeldes, el mayor peligro de la civilización futura. Muy clarividente. Le debo mucho a mi queridísimo Guillermo.

El libro de las tierras vírgenes, de Rudyard Kipling
(Madrid: Alianza Editorial)
Un verano de mi infancia en Barcelona, por entonces una ciudad de cemento gris, cayó en mis manos El Libro de las tierras Vírgenes de Kipling y, mágicamente, me transportó a junglas lejanas, pobladas de vegetación exuberante y seres maravillosos. Las leyes de la selva, más sensatas que las leyes humanas, me sedujeron y me empujaron a leer las aventuras de Tarzán, que se convertiría en otro de mis héroes predilectos. El libro de las Tierras Vírgenes me cautivó por la sabiduría que destilaban sus personajes, muchos de los cuales no aparecen en la recreación del libro de la selva adaptado por Disney. Pero también sembró dudas sobre la idea redentora de la civilización y del llamado progreso. La mirada desconcertada de un cachorro humano que no desea serlo me impactó y creo que despertó mi curiosidad acerca de la idea que define a “ser humano”. A lo mejor, por eso acabé estudiando antropología.

Dos años de vacaciones, de Jules Verne
(Barcelona: Molino)
Podría haber escogido cualquier otro libro de Verne, el autor que devoré de niña y adolescente. Todos me fascinaron y empujaron mi deseo de viajar y conocer mundo. Pero entre todas las obras siempre me quedó un especial agradecimiento a esa aventura protagonizada por unos jovencísimos náufragos que llegan a una isla. A lo Robinson Crusoe, otro de mis preferidos, unos chicos solos debían enfrentarse a la supervivencia y creaban una comunidad nueva con sus propias normas y leyes. Me sedujo la idea romántica de un mundo sin adultos, sin referentes, sin convenciones. Siempre tuve una especial predilección por las historias fundacionales. Aunque, claro, Verne, a diferencia de William Golding con su Señor de las moscas, fue condescendiente con sus muchachos. Digamos que él estaba más interesado en la aventura y los peligros externos que en ahondar en la oscuridad de sus personajes. Pero a Verne se lo perdono todo.

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury
(Barcelona: Minotauro)
Una de mis primeras lecturas juveniles de ciencia ficción leídas en clave de aventura poética. Ray Bradbury me abrió las puertas a Assimov, a Herbert y a muchos otros. Pero él fue el primero, y eso siempre es un gran mérito. Recuerdo que al poco escribí relatos cortos imitando los suyos y me permití ampliar las miras de mis deseos como escritora. La luna estaba ahí, para tomarla, como las galaxias y los mundos que la humanidad aún no había descubierto. Un maravilloso hallazgo.