Un misterio en la mochila de Alba

Alba llegó a aquel lugar un anochecer de finales de abril. Caminaba con lento balanceo y tenía muy desgastadas las suelas de sus sandalias. Eso indicaba que acumulaba muchas horas de larga marcha, como si hubiera avanzado paso a paso de un extremo al otro del mundo. No llevaba más equipaje que un sombrero azul, que lo mismo la protegía del calor que de la lluvia, y una mochila blanca, de lino, que colgaba de su cuello.