Kirikú y la hiena negra

Kirikú venció al monstruo que había secado la fuente. El agua y la alegría habían regresado a la aldea. El huerto volvió a ser plantado, más hermoso que nunca. Cada día, tanto niños como adultos se afanaban trabajando la tierra, viendo cómo poco a poco las plantas iban creciendo y comenzaban a dar sus frutos, mientras un agua clara y abundante corría gozosamente por las acequias.