Judith Rossell conoce a la perfección los resortes que dinamizan una buena trama detectivesca, como ya demostró con la serie Los misterios de Stella Montgomery. Si en la ecuación introducimos un internado enigmático, habilidades especiales y una original ambientación espacio-temporal, de tintes distópicos, el porcentaje de éxito entre los lectores encuadrados en lo que en el mundo anglosajón se conoce como "middle grade" (nuestros 9-11 años); se dispara. Maggie es enviada, en contra de su propia voluntad, a un internado para chicas "descarriadas" sobre el que se ciñe una leyenda negra. Sin embargo, su interior es un hervidero de imaginativas personalidades, avivadas por las gestoras, que acuna a todo tipo de heroínas entre las que la protagonista destacará especialmente. Las inspiradas ilustraciones, que recuerdan premisas gráficas asociadas a escenarios victorianos, presentan a las jóvenes como personajes emprendedores y avispados, siempre dispuestos para la acción en la lucha contra el crimen organizado de una peculiar y fantasiosa Londres, sumida en un caótico periodo entreguerras. La trama, subversiva, está construida con ritmo cinematográfico, y emparenta con temáticas abordadas con brillantez por autores indispensables como Dickens, Dahl o Daniel Handler. Como siempre, el brillante y sobrio apartado gráfico también está firmado por la premiada creadora australiana.
Judith Rossell conoce a la perfección los resortes que dinamizan una buena trama detectivesca, como ya demostró con la serie Los misterios de Stella Montgomery. Si en la ecuación introducimos un internado enigmático, habilidades especiales y una original ambientación espacio-temporal, de tintes distópicos, el porcentaje de éxito entre los lectores encuadrados en lo que en el mundo anglosajón se conoce como "middle... Seguir leyendo
La atalaya

El pequeño vapor procedente de Puerto Ciénaga llegó a la ciudad muy adentrada la tarde, cuando el sol ya se ponía tras unas nubes bajas y grises. Maggie Espina estaba mareada y hecha un manojo de nervios. Tomó su maleta, bajó de la pasarela a trompicones y siguió a la hermana Inmaculada por los muelles hasta la calle.
El ruido era ensordecedor. Automóviles y camiones avanzaban pesadamente, los trenes traqueteaban sobre el paso elevado de hierro y las rejillas de la acera escupían nubes de vapor sibilantes.