Pisco y el asesino de los guantes blancos

A Pisco se le había empezado a mover un diente. Desde que lo había notado no paraba de tocárselo. Les contó a sus padres y a Anita que estaba a punto de caérsele.
–¡Mirad cómo se mueve!
Tenía prisa por que se le cayera, pues sabía que si lo ponía debajo de la almohada por la noche y se dormía, el ratoncito Pérez se lo cambiaría por algún regalo.
Según tenía entendido Pisco, el ratoncito vivía en un enorme palacio hecho con dientes de leche.